La apicultura tradicional, entre 1750 y 1850, tenía como objetivo prioritario la producción de cera, una materia prima cara destinada a las necesidades del culto y al alumbrado de los hogares de las clases acomodadas. Las landas atlánticas y las montañas mediterráneas de Francia y España no llegaban a satisfacer la fuerte demanda, por lo que ambos países se vieron obligados a abastecerse en las regiones nórdicas y en Oriente Medio. De esta manera se dibujan unos ejes comerciales a corta, mediana y larga distancia entre las zonas productoras de cera bruta y los centros de blanqueo, elaboración y distribución. La ciudad de Limoges constituye un buen ejemplo de estos últimos.
España y Francia ocupan los primeros puestos en la lista de países europeos con mayor número de colmenas, con la única excepción de Rusia y Ucrania. Los datos presentados en este trabajo encuadran precisamente el último siglo de la apicultura tradicional, aquella que precede a la fase de agudas transformaciones de los métodos y los mercados, perceptibles desde 1850-1860.
La apicultura y las industrias derivadas contribuían con un porcentaje muy reducido a los PIB nacionales. Sin embargo, el sector formaba parte de una serie de actividades secundarias, cuya suma ocupa un lugar bastante destacado en relación con otras ramas de la economía agro-pastoril. Además, la apicultura tradicional exigía unas inversiones mínimas en capital y en trabajo, pero proporcionaba a las familias campesinas un dinero líquido precioso.
El dinero fresco no procedía tanto de la venta de enjambres y de miel -salvo localmente− como de la de cera, cuya producción orientaba en gran medida el trabajo del apicultor, lo mismo en unos Pirineos poco melíferos que en la frontera luso-española. De manera significativa, un informe relativo a la Ariège sólo menciona la cera y, en la misma línea, otro informe concerniente esta vez a la Dordogne es aún más explícito: su autor opina que las colmenas deberían «multiplicarse en relación con la cera, objetivo principal al que debe ir dirigido la educación de las abejas».
Semejante predominio, de antiguo origen, va acentuarse a lo largo del periodo 1750-1850 bajo la presión de la demanda y afectará de manera particular a ciertas regiones que, en adelante, figuran como las productoras más importantes de la materia prima para la industria.
¿Cómo hacen la MIEL las ABEJAS? 🍯🐝 (Producción + Extracción de los Panales)
Fuentes para el estudio de la apicultura
La investigación sobre la apicultura sigue abierta pese a la existencia de un obstáculo considerable: la disparidad de las fuentes a uno y otro lado de los Pirineos. La España del siglo XVIII nos ha legado una importante masa de documentos manuscritos o impresos -el catastro de la Ensenada para Castilla y las obras de los economistas ilustrados, con Larruga a la cabeza- y para fines de los siglos XIX y XX disponemos de estudios geográficos y antropológicos de gran valor (Castellote Herrero, 1988; López Álvarez, 1994; Pérez Puchal, 1969; Zapata de la Vega et al., 1985).
Entre las dos épocas se extiende un vacío documental, o al menos bibliográfico, a la espera de la publicación de la Historia de la apicultura española de De Jaime Gómez y De Jaime Lorén (2001), por lo que resulta forzoso consultar el Diccionario de Madoz (1845-1850). En Francia se da el fenómeno inverso. En efecto, la actividad cerera durante los siglos XVIII y XIX no es desconocida, pero es en el contexto particular de comienzos del siglo XIX cuando los informes de los prefectos del Imperio y de sus émulos nos ofrecen una información de valor incomparable, sin parangón con la existente en España.
Una obra fundamental sobre el tema es *L’art du cirier* de Duhamel du Monceau y su traducción, *Arte de cerero* (Duhamel du Monceau, 1762; Arte de cerero editado en Madrid, 1777). Los datos que aporta el manual español sobre las diferencias existentes entre las técnicas utilizadas por los especialistas de las dos capitales no pueden ser estudiados en estas páginas: me he limitado a los que aparecen en su espléndido anejo: Noticia de los pueblos de las provincias de España donde con seguridad se puede hacer acopio de cera.
Colmenas en la montaña de León, España
1750-1850: La Edad de Oro de la Industria Cerera
El cerero suministraba tradicionalmente el alumbrado para el culto y para la fiesta en las tierras cristianas: los cirios y antorchas sin los cuales la misa no puede celebrarse canónicamente; los que se llevaban en las romerías bretonas, en los cortejos de las cofradías de asistencia a moribundos y condenados en Normandía o en las procesiones de penitentes de Occitania y Andalucía y, por supuesto, los que acompañaban obligatoriamente las honras fúnebres. Los gastos al respecto alcanzaban su punto álgido en tres momentos del ciclo litúrgico -la Candelaria, el Viernes Santo y el Corpus- y, así mismo, en determinadas ocasiones de exaltación política y social como los funerales reales y principescos.
La cera ofrece, además, el elemento básico para un sistema de iluminación doméstico de lujo, la bujía (cuyo nombre procede del de la ciudad magrebí, convertido hoy en Bejaïa, que desde la Edad Media exportaba la materia prima). Frente a la vela de sebo de los países del norte y la lámpara de aceite (sobre todo de oliva o de nuez, según la región), la bujía presenta ventajas apreciables: una luminosidad superior, una emisión de humo menor, un olor suave y un manejo fácil. Sin embargo, su elevado precio limitaba su uso a la elite social.
Desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XIX, estos dos tipos de clientela -el culto y la aristocracia- se ampliaron. El desarrollo de una religiosidad barroca incrementó la demanda de iluminación en los países católicos (momento en el cual, a la inversa, se hunde en la Europa nórdica protestante). Por otra parte el crecimiento de la población, el enriquecimiento de las clases acomodadas y los progresos de la sociabilidad aumentan las necesidades de material de alumbrado y provocan una deriva de la demanda doméstica desde la vela y la lámpara hacia la bujía.
Aunque la medida del fenómeno resulta difícil, es probable que el nivel demográfico inferior de España y la importancia de su clero hayan dado lugar a que la demanda de origen laico fuera más débil que en Francia y las necesidades de culto, muy superiores.
Durante el Consulado y el Imperio, la reanudación del culto, el regreso progresivo de los emigrantes y la recuperación de la seguridad permiten el relanzamiento de los encargos. Se podría aplicar a la cerería una observación concerniente a otra industria de lujo, la orfebrería: «Las épocas en las que su situación es próspera, son precisamente aquellas en las que el éxito de nuestras armas asegura la paz en el exterior; aquellas en las que la restauración del trono en Francia y de la Corte numerosa y brillante que lo rodea da a todos los ciudadanos la señal de una existencia más feliz y, liberándolos de la prolongada y triste pobreza a la que parecían condenados después de tantos años, restablece las alegrías de la fortuna y del reposo» (Benoiston de Châteauneuf, 1820-1821).
Recuperación, sí, pero no de los niveles anteriores de producción. La inflación permite, sin embargo, atribuir a la industria cerera parisina una cifra de negocios igual a la que, según Lavoisier, había alcanzado en 1789 (1.345.000 francos). Pero los datos del derecho de puertas dan fe de la caída del consumo en la capital francesa. Los 600.000 habitantes anteriores a la Revolución absorbían 538.000 libras de cera, mientras que los 714.000 de 1817 se conformaban con 250.000; es decir, un descenso del consumo medio por persona y por año de 0,9 a 0,35 libra (de 0,45 a 0,175 kilogramo si se trata de libras métricas) (Benoiston de Châteauneuf, 1820-1821). El aumento comprobado de la demanda burguesa no compensa la caída de los encargos e carácter religioso.
París se situaba entonces al nivel más bajo de las ciudades españolas, cuyo consumo medio por habitante se estima en ciertas grandes aglomeraciones de Andalucía Oriental para el periodo 1835-1839 en 165 gramos (Granada) o 184 (Málaga), mientras que los vecinos de Sevilla consumían 251, los de Salamanca 380, los de Toledo 286 y los de Barcelona entre 233 y 312 (según las cifras del censo utilizado). Los récords peninsulares se encuentran en ciudades ricas y fervientes como Valencia, la tercera de España (497 gramos), o en pequeñas ciudades episcopales como Palencia (545) o Ávila (795). Sin embargo, con un retraso de cuarenta años respecto a Francia, la desamortización eclesiástica (1836) iba a hacer sentir sus efectos a finales del periodo: el consumo de Madrid, que se elevaba a 353 gramos por habitante en los años 1824-1829, cae más o menos hasta los 200 entre 1839 y 1847. Las dos capitales nacionales siguen, pues, una misma tendencia.
Polen de abeja
La Cadena de la Cera: La Producción de la Materia Prima
La decadencia no afectó probablemente a las pequeñas ciudades ni a los campos, muy influidos por la renovación de las prácticas religiosas. La serie de celebraciones que acompañan la Semana Santa española, tal como se la conoce hoy, parece haber tomado forma a mediados del siglo XIX (Munuera Rico, 1981). En Francia, diversos indicios apuntan hacia una recuperación de la apicultura después de la Revolución; sin embargo, las importaciones de cera no cesan de crecer, subiendo desde una media anual de 210 toneladas en el decenio de 1815-1824 hasta 337 en el que transcurre entre 1827 y 1836.
En los dos países, la dependencia respecto al extranjero es un viejo problema. Tanto al norte como al Sur de los Pirineos, los economistas y los teóricos de la apicultura deploran incansablemente el déficit en cera y la necesidad de importaciones que genera una huida de divisas. Las cifras disponibles les dan la razón y ayudan a precisar la naturaleza y los ejes de ese comercio. En 1830, Francia ha importado 427 toneladas; sus principales proveedores son los Estados Unidos (26,5%, pero se trata principalmente de cera «vegetal»), el imperio otomano, Maghreb comprendido (23,9%), Alemania (15,9) e Italia (14%). Los acontecimientos de ese año explican la desaparición pasajera de Holanda. Al mismo tiempo han salido del país 164 toneladas: 5 de cera amarilla pero 110 de cera blanca no elaborada y 49 convertida en cirios y bujías.
Consumo medio de cera por habitante en algunas ciudades españolas (1835-1839)
| Ciudad | Consumo medio (gramos/habitante) |
|---|---|
| Granada | 165 |
| Málaga | 184 |
| Sevilla | 251 |
| Salamanca | 380 |
| Toledo | 286 |
| Barcelona | 233-312 |
| Valencia | 497 |
| Palencia | 545 |
| Ávila | 795 |
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