La Industria Cerera entre 1750 y 1850: Un Análisis Comparativo entre Francia y España

La apicultura tradicional tenía como objetivo prioritario la producción de cera, una materia prima cara destinada a las necesidades del culto y al alumbrado de los hogares de las clases acomodadas. Entre 1750 y 1850, las landas atlánticas y las montañas mediterráneas de Francia y España no llegaban a satisfacer la fuerte demanda, por lo que ambos países se vieron obligados a abastecerse en las regiones nórdicas y en Oriente Medio.

De esta manera se dibujan unos ejes comerciales a corta, mediana y larga distancia entre las zonas productoras de cera bruta y los centros de blanqueo, elaboración y distribución. La ciudad de Limoges constituye un buen ejemplo de estos últimos.

Comencemos por la cuantificación de las colmenas en la actualidad. España y Francia -por este orden- ocupan los primeros puestos en la lista de países europeos, con la única excepción de Rusia y Ucrania; parece lógico, pues, que su caso despierte una atención particular en los historiadores de la apicultura. Será desde Alemania y la monarquía austriaca, al igual que desde los Estados Unidos, donde no tardará en difundirse una serie de innovaciones técnicas decisivas. Los datos presentados en este trabajo encuadran precisamente el último siglo de la apicultura tradicional, aquella que precede a la fase de agudas transformaciones de los métodos y los mercados, perceptibles desde 1850-1860.

La apicultura y las industrias derivadas contribuían con un porcentaje muy reducido a los PIB nacionales. Sin embargo, el sector formaba parte de una serie de actividades secundarias, desdeñadas por la historiografía desde siempre, pero cuya suma ocupa un lugar bastante destacado en relación con otras ramas de la economía agro-pastoril.

Un informe contemporáneo de la Ariège lo confirma. Leemos en él: «Se recoge en el departamento lino, cáñamo, cera y otras producciones que, consideradas separadamente, parecen de poca importancia pero que en conjunto sí la tienen» (Mercadier de Belesta, año IX). Además, la apicultura tradicional exigía unas inversiones mínimas en capital y en trabajo, pero proporcionaba a las familias campesinas un dinero líquido precioso.

Respondiendo a una encuesta de la administración provincial en 1791, las autoridades municipales de Morcillo (Extremadura) subrayan con una fórmula lapidaria la doble ventaja de esta actividad: «mucho valor» y «poco costo».

Ahora bien, el dinero fresco no procedía tanto de la venta de enjambres y de miel -salvo localmente− como de la de cera, cuya producción orientaba en gran medida el trabajo del apicultor, lo mismo en unos Pirineos poco melíferos que en la frontera luso-española, que atraviesa una serie de regiones con fuerte densidad de colmenas.

De manera significativa, el texto relativo a la Ariège sólo menciona la cera y, en la misma línea, otro informe concerniente esta vez a la Dordogne es aún más explícito: su autor opina que las colmenas deberían «multiplicarse en relación con la cera, objetivo principal al que debe ir dirigido la educación de las abejas» (Peuchet y Chanlaire, 1810). Semejante predominio, de antiguo origen, va acentuarse a lo largo del periodo 1750-1850 bajo la presión de la demanda y afectará de manera particular a ciertas regiones que, en adelante, figuran como las productoras más importantes de la materia prima para la industria.

Fuentes para el estudio de la industria cerera

Parece necesario comenzar señalando que este artículo no constituye sino una primera puesta a punto y que sus dimensiones restringidas no me han permitido incluir más que una pequeña parte de la información que he conseguido reunir hasta la fecha. La investigación sigue abierta pese a la existencia de un obstáculo considerable: la disparidad de las fuentes a uno y otro lado de los Pirineos.

La España del siglo xviii nos ha legado una importante masa de documentos manuscritos o impresos -el catastro de la Ensenada para Castilla y las obras de los economistas ilustrados, con Larruga a la cabeza- y para fines de los siglos xix y xx disponemos de estudios geográficos y antropológicos de gran valor (Castellote Herrero, 1988; López Álvarez, 1994; Pérez Puchal, 1969; Zapata de la Vega et al., 1985).

Entre las dos épocas se extiende un vacío documental, o al menos bibliográfico, a la espera de la publicación de la Historia de la apicultura española de De Jaime Gómez y De Jaime Lorén (2001), por lo que resulta forzoso consultar el Diccionario de Madoz (1845-1850). En Francia se da el fenómeno inverso. En efecto, la actividad cerera durante los siglos xviii y xix no es desconocida, pero es en el contexto particular de comienzos del siglo xix cuando los informes de los prefectos del Imperio y de sus émulos nos ofrecen una información de valor incomparable, sin parangón con la existente en España.

Añadiré que, por suerte -y a costa de ciertos sacrificios- he podido adquirir dos versiones de una obra fundamental sobre el tema: una bonita edición de L’art du cirier de Duhamel du Monceau y su traducción en formato de bolsillo, Arte de cerero (Duhamel du Monceau, 1762; Arte de cerero editado en Madrid, 1777). Los datos que aporta el manual español sobre las diferencias existentes entre las técnicas utilizadas por los especialistas de las dos capitales no pueden ser estudiados en estas páginas: me he limitado a los que aparecen en su espléndido anejo: Noticia de los pueblos de las provincias de España donde con seguridad se puede hacer acopio de cera.

1750-1850: La última edad de oro de la industria cerera

El cerero suministraba tradicionalmente el alumbrado para el culto y para la fiesta en las tierras cristianas. Es decir, los cirios y antorchas sin los cuales la misa no puede celebrarse canónicamente; los que se llevaban en las romerías bretonas, en los cortejos de las cofradías de asistencia a moribundos y condenados en Normandía o en las procesiones de penitentes de Occitania y Andalucía y, por supuesto, los que acompañaban obligatoriamente las honras fúnebres.

Los gastos al respecto alcanzaban su punto álgido en tres momentos del ciclo litúrgico -la Candelaria, el Viernes Santo y el Corpus- y, así mismo, en determinadas ocasiones de exaltación política y social como los funerales reales y principescos.

La cera ofrece, además, el elemento básico para un sistema de iluminación doméstico de lujo, la bujía (cuyo nombre procede del de la ciudad magrebí, convertido hoy en Bejaïa, que desde la Edad Media exportaba la materia prima). Frente a la vela de sebo de los países del norte y la lámpara de aceite (sobre todo de oliva o de nuez, según la región), la bujía presenta ventajas apreciables: una luminosidad superior, una emisión de humo menor, un olor suave y un manejo fácil. Sin embargo, su elevado precio limitaba su uso a la elite social.

Ahora bien, desde el siglo xvii hasta mediados del siglo xix, estos dos tipos de clientela -el culto y la aristocracia- se ampliaron. El desarrollo de una religiosidad barroca incrementó la demanda de iluminación en los países católicos (momento en el cual, a la inversa, se hunde en la Europa nórdica protestante). Por otra parte el crecimiento de la población, el enriquecimiento de las clases acomodadas y los progresos de la sociabilidad aumentan las necesidades de material de alumbrado y provocan una deriva de la demanda doméstica desde la vela y la lámpara hacia la bujía.

Aunque la medida del fenómeno resulta difícil, es probable que el nivel demográfico inferior de España y la importancia de su clero hayan dado lugar a que la demanda de origen laico fuera más débil que en Francia y las necesidades de culto, muy superiores.

Desde antes de la Revolución el «voyageur françois» (es decir, el abate Laporte y sus continuadores) se sorprendía ante el derroche de iluminación que tenía lugar en Perpiñán durante las fiestas de la Semana Santa y del Corpus (La voyageur français). «Yo no creo, señora, -escribe en su carta CDXXXV- que haya ninguna ciudad en Francia donde se preocupen más que en esta de la decoración e iluminación de las iglesias…Las decoraciones de la catedral son las más bellas de todas». Así, en Jueves Santo «se coloca alrededor de la iglesia, a una altura aproximada de siete pies, una cornisa dorada que soporta cirios de cinco libras de peso, a tres pies de distancia entre ellos. Se procede de la misma forma alrededor y encima del recinto del coro, ello exige ordinariamente cuatro mil cirios» o sea cerca de cuatro toneladas de cera, la producción de unas 20.000 colmenas. La misma decoración, e incluso más rica, se repite en el Corpus y a este derroche en alumbrado fijo hay que añadir los gastos ocasionados por las procesiones. La de Jueves Santo, llamada de los flagelantes, se abre con un grupo de penitentes negros que llevan cirios de cera roja, seguidos por otros también negros, pero portadores de antorchas de cera blanca. En cuanto a las imágenes de la procesión, los penitentes que las transportan a hombros están rodeados de sus porta-antorchas. «La procesión se termina con el clero de la iglesia de Santiago, que luce cirios rojos…».

En una ciudad francesa desde hace más de un siglo, pero de cultura catalana, el «voyageur» realiza bruscamente la importancia de la iluminación en el ceremonial ibérico, especialmente en las procesiones nocturnas. La España festiva que anuncia la excursión por el Rosellón, gasta en cera relativamente más que Francia.

Tanto más cuanto que, al otro lado de los Pirineos, la Revolución hunde la industria cerera en una crisis durable. Tras la supresión de los monasterios y de las cofradías y, más tarde, la clausura de las iglesias, las numerosas colmenas que les abastecían son abandonadas. El prefecto de la Meurthe da fe del fenómeno: «El clima y las plantas parecen ser favorables a la educación de las abejas; en la mayor parte de los cantones del departamento, los curas y las ermitas se dedicaban particularmente a dicha actividad, pero después de la enajenación de los presbiterios el número de colmenas ha experimentado una gran disminución, como se puede comprobar por los estadillos anejos al informe». La misma constatación se repite en Provenza, la oferta se hunde tras la de una demanda ligada al culto (Marquis, 1805; Giraud, 2002). Además, es la época en la cual no sólo la emigración diezma las clases acomodadas, sino que aquellos de sus miembros que permanecen en su país evitan todo gasto suntuario considerado sospechoso.

Durante el Consulado y el Imperio, la reanudación del culto, el regreso progresivo de los emigrantes y la recuperación de la seguridad permiten el relanzamiento de los encargos. Se podría aplicar a la cerería una observación concerniente a otra industria de lujo, la orfebrería.

«Las épocas en las que su situación es próspera, son precisamente aquellas en las que el éxito de nuestras armas asegura la paz en el exterior; aquellas en las que la restauración del trono en Francia y de la Corte numerosa y brillante que lo rodea da a todos los ciudadanos la señal de una existencia más feliz y, liberándolos de la prolongada y triste pobreza a la que parecían condenados después de tantos años, restablece las alegrías de la fortuna y del reposo» (Benoiston de Châteauneuf, 1820-1821).

Recuperación, sí, pero no de los niveles anteriores de producción. La inflación permite, sin embargo, atribuir a la industria cerera parisina una cifra de negocios igual a la que, según Lavoisier, había alcanzado en 1789 (1.345.000 francos). Pero los datos del derecho de puertas dan fe de la caída del consumo en la capital francesa. Los 600.000 habitantes anteriores a la Revolución absorbían 538.000 libras de cera, mientras que los 714.000 de 1817 se conformaban con 250.000; es decir, un descenso del consumo medio por persona y por año de 0,9 a 0,35 libra (de 0,45 a 0,175 kilogramo si se trata de libras métricas) (Benoiston de Châteauneuf, 1820-1821). El aumento comprobado de la demanda burguesa no compensa la caída de los encargos e carácter religioso. Datos que constituyen un buen indicador del nivel de magnificencia de las ceremonias que se desarrollan en unas y otras.

París se situaba entonces al nivel más bajo de las ciudades españolas, cuyo consumo medio por habitante se estima en ciertas grandes aglomeraciones de Andalucía Oriental para el periodo 1835-1839 en 165 gramos (Granada) o 184 (Málaga), mientras que los vecinos de Sevilla consumían 251, los de Salamanca 380, los de Toledo 286 y los de Barcelona entre 233 y 312 (según las cifras del censo utilizado). Los récords peninsulares se encuentran en ciudades ricas y fervientes como Valencia, la tercera de España (497 gramos), o en pequeñas ciudades episcopales como Palencia (545) o Ávila (795). Sin embargo, con un retraso de cuarenta años respecto a Francia, la desamortización eclesiástica (1836) iba a hacer sentir sus efectos a finales del periodo: el consumo de Madrid, que se elevaba a 353 gramos por habitante en los años 1824-1829, cae más o menos hasta los 200 entre 1839 y 1847. Las dos capitales nacionales siguen, pues, una misma tendencia.

La decadencia no afectó probablemente a las pequeñas ciudades ni a los campos, muy influidos por la renovación de las prácticas religiosas. La serie de celebraciones que acompañan la Semana Santa española, tal como se la conoce hoy, parece haber tomado forma a mediados del siglo xix (Munuera Rico, 1981). En Francia, diversos indicios apuntan hacia una recuperación de la apicultura después de la Revolución; sin embargo, las importaciones de cera no cesan de crecer, subiendo desde una media anual de 210 toneladas en el decenio de 1815-1824 hasta 337 en el que transcurre entre 1827 y 1836.

En los dos países, la dependencia respecto al extranjero es un viejo problema. Tanto al norte como al Sur de los Pirineos, los economistas y los teóricos de la apicultura deploran incansablemente el déficit en cera y la necesidad de importaciones que genera una huida de divisas. Las cifras disponibles les dan la razón y ayudan a precisar la naturaleza y los ejes de ese comercio. En 1830, Francia ha importado 427 toneladas; sus principales proveedores son los Estados Unidos (26,5%, pero se trata principalmente de cera «vegetal»), el imperio otomano, Maghreb comprendido (23,9%), Alemania (15,9) e Italia (14%). Los acontecimientos de ese año explican la desaparición pasajera de Holanda. Al mismo tiempo han salido del país 164 toneladas: 5 de cera amarilla pero 110 de cera blanca no elaborada y 49 convertida en cirios y bujías. Si se acepta una producción 500 a 1000 toneladas en Francia, en función del...

La demanda de cera estaba intrínsecamente ligada a las festividades religiosas y eventos sociales. La producción local no siempre era suficiente, lo que obligaba a importar cera de otros países.

La apicultura, aunque con inversiones mínimas, ofrecía un valioso ingreso a las familias campesinas, especialmente a través de la venta de cera.

Los datos presentados revelan la importancia de la cera en la economía y la sociedad de Francia y España durante el período de 1750 a 1850, destacando la interacción entre la producción local, el comercio internacional y las prácticas religiosas.

A continuación se presenta una tabla con el consumo medio de cera por habitante en diferentes ciudades de España durante el periodo 1824-1847:

CiudadConsumo Medio de Cera por Habitante (gramos)Periodo
Granada1651835-1839
Málaga1841835-1839
Sevilla2511835-1839
Salamanca3801835-1839
Toledo2861835-1839
Barcelona233-3121835-1839
Valencia4971835-1839
Palencia5451835-1839
Ávila7951835-1839
Madrid3531824-1829
Madrid~2001839-1847

¿Cómo Inició la Apicultura? La Increíble Historia que Nadie Te Contó

tags: #dermatologue #landerneau #rdv #en #ligne