Cualquier persona que observe la Luna, notará que es un mundo muy diferente a la Tierra. La Luna brilla por su ausencia de colores y matices, un mundo en blanco y negro con tonalidades intermedias. No hay zonas azules, ni extensas zonas verdes, típicas del planeta que habitamos. Allá arriba nada crece ni evoluciona porque no hay nada que nazca o tenga signo de vida. Todo parece muerto: tierra, montañas, cráteres, hendiduras y mares salpican la Luna aquí y allá.
La superficie de la Luna está cubierta por una capa de polvo o fina arena denominada "regolita", cuyo espesor es más notable en las zonas oscuras o mares, con una profundidad de hasta 30 metros. En las tierras, el espesor disminuye hasta unos 5 metros. La regolita puede haberse formado por lluvias de micro meteoritos o por el agrietamiento y fractura de las rocas debido a la desigualdad de temperatura entre el día y la noche. Los primeros astronautas temían hundirse en la regolita, pero se hundieron lo suficiente como para dejar las marcas de sus huellas, que permanecerán allí durante milenios.
Huella de Buzz Aldrin en la regolita lunar durante la misión Apolo 11. Fuente: NASA
La regolita también surge de las colisiones de meteoritos que forman los cráteres. Una vez que el meteorito hace contacto con la superficie, la tierra se comprime y se fragmenta. Es mucho más considerable el efecto de la explosión que el cráter que pueda abrirse por la caída y choque. Como la superficie lunar está tachonada de cráteres, no es difícil suponer que la regolita proceda en gran medida de estos encuentros. La regolita es desigual en su medida individualizada, dependiendo de la masa y de la velocidad del meteorito incidente y de la naturaleza del terreno.
Bajo la regolita y hasta 20 km de profundidad se encuentra un material tipo basáltico. Entre los 20 y los 60 km nos topamos con grabo anostosítoco. Hasta los 150 km, piroxeno y olivina. Por debajo se halla la litosfera de material compacto y sólido. La capa que se sitúa hasta los 60 km de profundidad, es la corteza, que por otro lado es bastante homogénea. Aunque no disponemos de mucha información sobre el núcleo de la Luna, podemos estar seguros de que, al contrario que la Tierra, no debe ser fluido.
La observación a ojo desnudo de la Luna ya nos revela la diversidad de los contrastes de su superficie. Contemplamos extensas manchas oscuras sobre un fondo blanco. Las regiones oscuras se denominan "mares", mientras que las claras reciben el nombre de "tierras". Si observamos con unos prismáticos comenzaremos a distinguir "hoyos" en el relieve lunar, también denominados "marias". Los mares están compuestos de un material parecido a la lava volcánica, por lo que se supone que se formaron por la acumulación de este material en el tiempo de mayor actividad geológica de la Luna, hace unos 4.200 millones de años.
Los mares son zonas llanas que nos sirven de referencia para tomar las medidas de alturas y depresiones. Generalmente están cerrados por cordilleras montañosas que los delimitan. El hemisferio visible de la Luna contiene un mayor número de mares que el oculto. El 15% de la superficie de nuestro satélite se encuentra dominado por los mares, el resto (85%) para las tierras. No obstante una ojeada al hemisferio visible nos hará cambiar de opinión pues hay más mares que tierras. El motivo de tremenda diferencia de la abundancia de mares en uno y otro hemisferio, lo podemos buscar en el llamado efecto de marea. El hemisferio que mira a la Tierra, ha sido más castigado por la propia gravedad de nuestro planeta y es hacia nuestro lado por donde la Luna ha eyectado su carga interior.
Al ser expulsada la lava de los volcanes, esta corría sobre la superficie formando ríos de decenas de kilómetros. La parte superficial se enfriaba a mayor velocidad, haciéndose una capa sólida y dura. En su interior continuaba corriendo la lava a altas temperaturas. Al ir disminuyendo el suministro de lava, el interior iba quedando vacío, de tal forma que podría llegar a quedarse totalmente hueco y sin material en su interior. La lava solidificada y exterior que hace las veces de envoltura, se derrumba por su propio peso, bien en todo su recorrido o intermitentemente. El resultado es la formación de un canal basáltico o valle. Parece pues seguro ante las evidencias que el origen de los mares es volcánico.
Existen mares casi enteramente circulares como el Mare Serenitatis o Mare Crisium. Otros muy ovalados, tal es el caso del Mare Frigoris. También los hay irregulares como el Mare Nubium, el Oceanus Procellarum, el Mare Foecunditatis o el Mare Tranquilitatis.
Mares lunares en la cara visible de la Luna. Fuente: Wikimedia Commons
Nomenclatura Lunar: Nombrando lo Innombrable
Los primeros europeos llegados a América descubrieron un nuevo mundo pero desconocían su toponimia. Ponerles nombre era, de alguna manera, hacerlos suyos. ¿Pero qué pasa cuando las montañas, los volcanes, los cráteres, etc., no han recibido nunca ningún nombre? Este fue el caso de los accidentes geográficos de la Luna a partir de la invención del telescopio y el de los planetas o los satélites a partir de la exploración espacial.
Los nombres de los accidentes planetarios no se ponen a tontas y a locas, sino siguiendo unos criterios previamente acordados sobre un tema concreto, generalmente relacionados con la deidad asociada al planeta, y siendo siempre muy cuidadosos con todas las culturas de la Tierra. Sin embargo eso no ha sido siempre así, como veremos en el caso de la nomenclatura lunar.
El mapa de la Luna de Riccioli fue el primero en aplicar un criterio coherente a la hora de dar nombre a los accidentes lunares. La mayoría de estos nombres se conservan aún hoy día.
La selenografía empezó con Michael Florent van Langren (Langrenio) y su mapa fue primero manuscrito y después publicado en grabados desde 1645. Como cosmógrafo del rey Felipe IV de España y cortesano adulador, denominó mares y cráteres con nombres de la realeza y nobleza europea, pero también con nombres de filósofos, científicos y exploradores. Más relevante desde un punto de vista cartográfico, es la aportación, en 1651, de los mapas del Almagestum novum del jesuita Giovanni Battista Riccioli. En los mapas de Riccioli, se encuentra, por primera vez, un criterio coherente para denominar los accidentes lunares. Mares y tierras recibieron denominaciones de sabor astrológico medieval como Mar de las Crisis, Mar de las Lluvias, Mar del Néctar, Mar de la Fecundidad o Mar de la Tranquilidad. Los cráteres recibieron nombres de filósofos y astrónomos antiguos y modernos.
Johann Heinrich Mädler, desde el observatorio del banquero Wilhelm Beer, se dedicó a la observación del planeta Marte, y trazó su primer mapa real, pero también hizo estudios de la Luna. De nuestro satélite realizó un primer mapa exacto que publicó en cuatro volúmenes, del 1834 al 1836, el Mappa Selenographica. En esta obra, que no fue superada hasta cuatro décadas más tarde, incorpora 133 nuevos nombres de astrónomos, geógrafos, matemáticos y naturalistas. Además, Beer y Mädler establecieron el sistema de designar los cráteres secundarios asignándoles una letra asociada a un cráter próximo.
El último mapa lunar dibujado y el más cuidado antes del uso de la fotografía es la Charte der Gebirge des Mondes, obra de Julius Schmidt y publicado en 25 hojas en 1878. Todo cambió a partir de entonces, cuando la fotografía irrumpió en la astronomía añadiendo objetividad a las observaciones.
Una mujer, Mary A. Blagg, resultó esencial para sistematizar la nomenclatura lunar. Junto a Saunder terminó el trabajo en la obra Collated List of Lunar Formations en 1913. En 1920 Blagg formó parte de la Comisión Lunar de la recientemente creada Unión Astronómica Internacional (IAU) y con Karl Müller trabajó intensamente para estandarizar la nomenclatura lunar. No se han hecho modificaciones sustanciales desde entonces.
El éxito de la sonda soviética Luna 3, que fotografió la cara oculta lunar en 1960, obligó a denominar nuevos accidentes. Y es que la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional ya había aprobado, en 1961, las recomendaciones para una nomenclatura sistemática y consistente para la geografía lunar.
Brad Smith, un astrónomo que ha trabajado en varias misiones Mariner de exploración del planeta Marte, expresó muy claramente el propósito de los científicos: «Es demasiado difícil discutir sobre aquel volcán de la izquierda o aquel otro de la derecha.
En Marte los cráteres grandes recibirían los nombres de científicos muertos o de escritores que hubieran contribuido a la popularización de Marte, como Schiaparelli o H. G. Wells. Las poblaciones menores de 100.000 habitantes serían la fuente de los nombres de los cráteres menores. Los grandes valles se llamarían usando el nombre Marte en varias lenguas, mientras que los valles pequeños serían asociados a ríos terrestres.
En Venus, la densa atmósfera impide la observación directa de la superficie desde la Tierra. Para las nuevas estructuras geológicas sin nombre hubo que crear un grupo de trabajo de la IAU que pidió colaboración internacional. Dado que Venus es la diosa de la belleza, se decidió que los accidentes geográficos recibirían nombres relacionados con las diosas. Los cráteres mayores de 20 km, sin embargo, serían para mujeres muertas con una contribución fundamental a su campo de trabajo.
Los planetas reciben los nombres a partir de los principales dioses romanos. Para dar nombre a los elementos de la geografía planetaria no hay más que extender esta costumbre a las relaciones de los dioses o bien usar los nombres de dioses equivalentes de otras culturas. Sin embargo, este recurso es finito. Se tienen que buscar otras fuentes.
En 1973 fue cuando la IAU creó el Working Group for Planetary System Nomenclature (WGPSN). Se crearon subgrupos de trabajo para cada planeta o satélite. El comité encargado del planeta Mercurio fue dirigido por David Morrison, investigador del Astrobiological Institute de la NASA y tenía una representación de alcance mundial.
Los cráteres más destacados reciben un nombre propio, y los cráteres menores que los rodean se bautizan con ese mismo nombre seguido por una letra mayúscula, como es el caso de Atlas y Atlas E. El cráter Kéldysh se conocía como Hércules A hasta principios de los años ochenta, cuando fue rebautizado por la Unión Astronómica Internacional.
La ciencia que estudia la superficie y las características físicas de la Luna, y que les pone nombre, se conoce como selenografía. Los accidentes geográficos de nuestro satélite suelen recibir nombres mitológicos, como es el caso de Atlas o de Hércules, o en reconocimiento de grandes científicos o exploradores, como el cráter Kéldysh, bautizado así en honor al matemático soviético Mstislav Vsévolodovich Kéldysh (1911-1978), una de las figuras clave del programa espacial soviético.
Lista de 10 cráteres lunares impactantes:
- Aristóteles
- Aristarchus (Aristarco)
- Archimedes (Arquímedes)
- Clavius
- Copernicus (Copérnico)
- Kepler
- Langrenus
- Plato (Platón)
- Posidonius (Posidonio)
- Tycho
Para observar estos cráteres, se recomienda utilizar un filtro lunar para reducir el brillo de la Luna.
Durante una estancia del profesor Daniel Altschuler en la Universidad de Valencia en 2012, estuvimos un buen día conversando sobre los cráteres de la Luna y sobre el origen de sus nombres. Nos figuramos que en muchos casos las historias detrás de esas personas cuyo nombre bautizaba un cráter deberían ser interesantísimas. Si no, ¿cómo habría acabado su nombre en la geografía lunar? Involucrados como estamos ambos en la divulgación científica decidimos indagar un poco sobre el tema. Tal vez merecería la pena escribir un libro al respecto; pero ¿cómo elegir entre los casi mil seiscientos cráteres en nuestro satélite que honran a un personaje histórico? Sería casi imposible (y aburridísimo probablemente) hacer un libro sobre todos ellos.
Conforme nombres y más nombres de cráteres pasaban ante nuestros ojos, pronto vimos que algo no encajaba: ¿dónde estaban las mujeres? Todos los nombres que veíamos eran de varón, y costó cierto esfuerzo encontrar a la primera mujer en el listado. Cuando terminamos nuestra estadística, el tema de nuestro libro estaba claro. Por ello sentimos que un libro para dar a conocer esta injusta desigualdad y de paso honrar a aquellas mujeres que, pese a todo, lograron obtener este reconocimiento, era obligado. Más cuando todavía existe esa desigualdad en muchos campos de la ciencia.
Por último, de los mil quinientos noventa y cuatro cráteres lunares nombrados en honor a personajes históricos (desde Abbe a Zwicky) solamente treinta y uno honran en la actualidad a alguna mujer. La Luna refleja así también lo que fue, y en muchas sociedades aún es, una visión negativa de la mujer, un menosprecio a media humanidad que nos cuesta mucho como civilización.
Las mujeres de la Luna forman un grupo ecléctico, no siguen criterio discernible alguno, abarcando una amplia gama histórica, científica y geográfica. Nombres conocidos como el de Marie Curie se unen a otros completamente desconocidos. Muchas fueron verdaderas gigantes intelectuales que triunfaron a pesar de todo, que recordamos porque se opusieron tenazmente contra viento y marea a las normas y prejuicios de su época.
Encontramos así historias como la de Hipatia de Alejandría, con su trágico final que, no obstante, nos enseña cuán avanzado estaba realmente el sistema científico durante el periodo helenístico. O la de Nicole Lepaute (s. XVIII), de familia bien situada y a cuya existencia debe su nombre la flor hortensia. Hay historias casi desconocidas, como la de las escurridizas astrónomas Louise Jenkins o Mary Adela Blagg (esta última una de las principales autoras de la actual nomenclatura lunar). O la de las filántropas y mecenas Anne Sheepshanks y Catherine Wolfe Bruce, de las que apenas sabemos nada más allá de lo que dicen sus obituarios, y para las que nos resultó imposible incluso encontrar una fotografía.
Otras vidas fueron marcadas por la desgracia. Tal es el caso de dos mujeres solo conocidas por algunos especialistas, como Emmy Noether en matemática o Lise Meitner en física. Sus vidas fueron paralelas en muchos sentidos, relegadas y repudiadas por el Tercer Reich por el delito de ser mujeres y judías.
El único factor común que encontramos es que todas ellas tuvieron relación directa o indirecta con la ciencia (si bien parece que ser astrónoma de cultura angloamericana haga las cosas más fáciles). La mayor parte del grupo nació entre 1723 y 1896, y llama la atención que el 60% nunca se casó.
Se puede intentar explicar el hecho de que solamente treinta y uno de los cráteres lunares lleven nombre de mujeres como consecuencia del acontecer histórico y los prejuicios sociales. Pero la Luna no refleja el hecho de que un número importante de mujeres (a pesar de todo) han contribuido a la empresa científica.
Sorprendentemente, las cosas no cambiaron con la fundación de la Unión Astronómica Internacional (UAI). En el momento de escribir esto hay mil quinientos noventa y cuatro cráteres con nombre propio aprobados por la UAI. De ellos, quinientos sesenta y siete fueron aprobados en 1935, y corresponden a los compilados por Mary Adela Blagg y Karl Müller, es decir, eran los nombres ya usados con anterioridad a la creación de la UAI. En aquel listado de quinientos sesenta y siete nombres solo aparecen diez mujeres (lo que supone el 1,7%).
Es cierto que la UAI, encargada de la nomenclatura astronómica, les ha reservado todo un gueto, perdón, planeta: en Venus, los cráteres mayores de veinte kilómetros de diámetro honran a “mujeres fallecidas que hayan contribuido a su campo de forma significativa o fundamental”, y los otros accidentes geográficos (montañas, valles, planicies, etc.), se reservan para diosas y heroínas mitológicas.
Para Marte, los cráteres mayores de sesenta kilómetros se reservan para “científicos fallecidos que hayan contribuido significativamente al estudio de Marte, y a escritores y otros que hayan contribuido a la tradición marciana”.
La superficie de la Luna es accesible a la vista y sus cráteres y otros accidentes geográficos son visibles hasta con un modesto telescopio. Es preferible un cráter de un kilómetro (aproximadamente lo más pequeño que se puede distinguir desde la tierra con un telescopio) sobre la cara visible de la Luna a uno de cien kilómetros en otro astro. Se estima que hay sobre trescientos mil cráteres lunares de ese tamaño. Hay, por tanto, suficientes para ponernos al día y corregir esta injusticia histórica.
Poner nombres a los cráteres lunares es un proceso lento, gestionado por la UAI, donde un Grupo de Tareas de Nomenclatura Lunar, compuesto actualmente por nueve miembros de varios países, revisa las propuestas de denominación.
En el caso de la Luna, los cráteres se bautizan por científicos y exploradores polares fallecidos que hayan hecho contribuciones destacadas o fundamentales a su campo, y por astronautas muertos en acto de servicio. Los cosmonautas rusos difuntos son conmemorados por cráteres en y alrededor del Mare Moscoviense. Los astronautas americanos fallecidos son conmemorados por cráteres en y alrededor del cráter Apolo.
Las personas a las que se puede honrar con el nombre de un cráter deben haber fallecido hace al menos tres años. En general no se les dará nombre a cráteres o características menores de cien kilómetros, aunque se pueden hacer excepciones para características de interés científico excepcional. Y, donde sea apropiado, se apoyará firmemente una selección equitativa de nombres de grupos étnicos, países y género (sic).
La UAI tiene un formulario de solicitud de nombres “para uso de los miembros de la comunidad científica profesional” y deseamos alentar su uso. La Luna está envuelta por cientos de miles de cráteres y muchos de ellos tienen nombre propio: cráter Platón, Kepler, Galileo, Einstein... Todos grandes personajes históricos a los que se homenajea. Y casi todos hombres.
De los 1594 cráteres que llevan nombre, solo 31 son de mujer. Y la historia de cada unas de ellas se encuentra 'Las mujeres de la Luna' (Next Door Publishers, 2016).
Verán a Henrietta Leavitt, conocida como 'la astrónoma calculadora', a Valentina Tereshkova, la primera mujer en viajar al espacio, o a Marie Curie. A quien no verán es a su hija Irène a pesar de haber ganado el Nobel junto a su marido, Frederic Joliot. "Se hizo un cráter Joliot Curie para homenajear el premio Nobel que ganaron conjuntamente, pero solo se le homenajea a él, a ella se la dejó fuera", cuenta Ballesteros.
Eso sí, para homenajearlas a ellas la organización encargada de poner los nombres les ha destinado un planeta entero, Venus, como si en la Luna no hubiese espacio suficiente. "Me da la sensación de que es una especie de gueto", dice Ballesteros. "Es decir, vamos a meter a las mujeres en Venus, porque además Venus está totalmente recubierta por nubes, no se ve la superficie".
La luna se ha convertido en tierra de hombres. En un reflejo de nuestra sociedad, de nuestros prejuicios. Allí son los cráteres, aquí los Premios Nobel.
Nomenclatura Lunar según la Unión Astronómica Internacional (UAI). Fuente: Wikimedia Commons
Además de los nombres de científicos y figuras históricas, en la Luna también 'habitan' algunos españoles, como el astrónomo Caius Julius Hyginus, el sacerdote Ramón María Aller, y el astrónomo Lluis Rodés. También hubo contribuciones españolas al programa Apolo de la NASA, con estaciones espaciales en Robledo de Chavela, Fresnedilla y Canarias. Científicos como Hermógenes Sanz y Antonio Travesí participaron en el análisis de isótopos y el desarrollo de la activación neutrónica para el estudio de las piedras lunares.
¿Cómo SE VE la LUNA 🌒 a través de UN TELESCOPIO?
En esta afición, una de las observaciones más gratificantes que he podido disfrutar sucedió una noche en la que apunté el telescopio hacia la Luna casualmente. No tenía programado buscar ningún detalle en particular. Y entonces me quedé sorprendido al ver que las cumbres de los Montes Jura estaban iluminadas por el Sol aunque todavía no había llegado el terminador matutino hasta allí. O sea que esas cumbres estaban brillando en mitad de la oscuridad. Me quedé casi babeando por lo espectaculares que se veían al poner los máximos aumentos . El terminador estaba más o menos en la longitud 25W y esta cordillera se veía como un rio de oro adentrándose varios grados en la noche lunar, diría que casi hasta los 30W. Es por cosas como esta que nunca podrá dejar de sorprender que los que disfrutamos observando los astros seamos una inmensa minoría y que incluso entre nosotros haya muchos que se aburran de observar la Luna . Me parece tan grave pasar una vida entera sin haber visto nunca los Montes Jura brillando en la oscuridad como sin haber visto nunca el mar (un poco parafraseando al androide Roy Batty de Blade Runner, pero cambiando los rayos C por los montes Jura) .Os quería preguntar entonces que experiencias habeis tenido a este respecto. ¿Habéis podido observar en alguna ocasión alguna cumbre lunar en estas circunstancias, con varios grados de terreno circundante todavía sumergido en la oscuridad?A raiz de esto he estado buscando información en internet sobre efemérides al respecto de este tipo de observación, pero no he encontrado nada. Tampoco he encontrado ninguna fotografía de los montes Jura con esta iluminación tan específica. Se deduce que para que una cumbre lunar pueda brillar muy aislada en la oscuridad la clave está en que se eleve mucho sobre el terreno circundante y no en que sea muy elevada respecto del radio medio lunar, porque esto de nada sirve si el terreno circundante también es muy elevado. Por suerte los mapas lunares que publicó la USAF allá por los 60s informan de ese dato clave. Entonces después de revisar estos mapas he hecho una selección de los 10 accidentes lunares que creo que son los más elevados respecto del terreno circundante. En el Excel que adjunto aparece ese listado. He añadido una tabla de cálculo de la distancia máxima al terminador que puede alcanzar una cumbre todavía iluminada por el Sol en función de su altura. Luego he comparado los resultados de ese modelo de cálculo con los datos que ofrece el software Lunar TVT, que por suerte permite determinar también ese dato, y los resultados son bastante parecidos, o sea que pueden tomarse por buenos.