En Narbona, como en muchas otras ciudades, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y las fundaciones juegan un papel crucial en el tejido social. Estas entidades se dedican a una amplia gama de causas, desde la ayuda humanitaria hasta la defensa de los derechos humanos, pasando por el apoyo a personas con discapacidad.
Las ONG y fundaciones en Narbona trabajan incansablemente para mejorar la calidad de vida de los más vulnerables y promover la justicia social. A continuación, exploraremos algunas de las áreas clave en las que estas organizaciones están activas:
Ayuda Humanitaria
Las fundaciones y asociaciones de ayuda humanitaria son esenciales para proporcionar asistencia a aquellos que se encuentran en situaciones de emergencia o vulnerabilidad. Estas organizaciones trabajan tanto a nivel local como internacional, ofreciendo recursos y apoyo a quienes más lo necesitan.
Estas organizaciones se dedican a proporcionar alimentos, refugio, atención médica y otros servicios esenciales a personas afectadas por desastres naturales, conflictos armados o situaciones de pobreza extrema. Además, trabajan en proyectos de desarrollo a largo plazo para abordar las causas subyacentes de la vulnerabilidad y promover la autosuficiencia.
Defensa de los Derechos Humanos
Las fundaciones y asociaciones para la defensa de los derechos humanos desempeñan un papel fundamental en la promoción y protección de los derechos fundamentales de todas las personas. Estas organizaciones trabajan para garantizar que se respeten los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de todos los ciudadanos.
A través de la investigación, la educación, la incidencia política y el litigio estratégico, estas organizaciones buscan responsabilizar a los gobiernos y otras instituciones por las violaciones de derechos humanos y promover la justicia y la igualdad.
Entreabrió aquella puerta de dos hojas angostas, sin cerradura, llave ni tirador, con la cautela propia de quien husmea el peligro. Se deslizó, palmo a palmo, sin hacer ruido, por el estrecho espacio que había dejado uno de los dos batientes altos y de madera descostrada. Hizo una pausa, para acostumbrarse a la oscuridad. Y accedió a la habitación.
Le invadió un olor a rancio, a libros viejos, destartalados y gastados, a aires prisioneros de una ventana nunca abierta. Encendió la luz del techo. Era una extraña lámpara de metal cromado, colgada en medio de la cámara, con cuatro pantallas de lata, golpeadas y enmohecidas por el tiempo y la humedad, con todas las bombillas eléctricas fundidas menos una, la que daba cerca de la mesa de trabajo. Lejos de la mesa, todo era penumbra: perfiles y formas sin contornos, casi sin principio ni final, formando un todo aglutinado por la sombra. Solo un débil rayo de luz crepuscular reposaba sobre la envejecida y caótica biblioteca de volúmenes rancios y seniles, que se emparraban desesperadamente por las paredes en busca de una claridad imposible.

Catedral de Narbona
Apoyo a Personas con Discapacidad
Las fundaciones de ayuda y atención a personas con discapacidad, tanto física como psíquica, son vitales para garantizar que estas personas tengan acceso a los recursos y servicios que necesitan para llevar una vida plena e independiente. Estas organizaciones ofrecen una amplia gama de programas y servicios, desde la atención médica y la rehabilitación hasta la educación, el empleo y el apoyo social.
Su objetivo es promover la inclusión social y la igualdad de oportunidades para las personas con discapacidad, fomentando su autonomía y participación en la comunidad.
Organizaciones Destacadas
Entre las organizaciones que operan en la región, destaca Red corp. junta andalucia, ubicada en Córdoba, que trabaja en la promoción de los derechos y el bienestar de las personas con discapacidad.
Sara murmuró el nombre de su padre, sin casi romper el silencio. Y no obtuvo ninguna respuesta. Lo buscó, sondeando los rincones del aposento. Y no lo encontró. Era extraño. Vilanova (le llamaba por su apellido), siempre está, decía la madre. Era su único consuelo. Y el padre siempre estaba. Al menos aparentemente. Acostumbraba a trabajar desde que los primeros rayos de luz presagiaban el amanecer hasta que la oscuridad había invadido todas las atmósferas. Desde hacía unos meses, le veía más envejecido.
Los cabellos, más largos y grasientos, antes de una tonalidad indefinida, quizá de un ocre diluido, castaños decía la madre, ahora definitivamente desteñidos. Había aprendido a distinguir el paso de los años en medio de las sombras y el sonido mudo de sus labios. No le recordaba de otro modo. Ni una sonrisa, ni una caricia, ni un grito ni un castigo. Nada.
Cuando era una criatura, por cierto, espabilada, le visitaba al atardecer, al volver de la escuela, con la cartera llena de libros, libretas, lápices de mina blanda, gomas de borrar, bolígrafos azules de punta fina, y los deberes por hacer. Se quedaba un rato ante la puerta. A veces, daba unos pasos silentes, sin asustar el aire ni turbar el ambiente. Él la miraba con los ojos cansados y llorosos. Cómo si pidiera perdón. Cómo si dijera: eres mi niña preferida. Es un hombre muy testarudo y valeroso, decía la madre. Ella siempre le protegía y le perdonaba.
Pero a aquella primera hora de la mañana de un sábado de otoño, triste y desolado, una rara sensación la detenía algo más adentro que nunca. Quizá era el ambiente indescriptible, pastoso y sepulcral. Quizá una pausa o un paréntesis. Quizá el aliento del reposo eterno. No lo supo nunca. Sara había aprendido a interpretar las diversas melodías del silencio. Reconocía las cadencias secretas de las ecuaciones, de los radicales, de la lógica simbólica o de las matrices. Podía adivinar los números y las letras según el crujido del lápiz sobre el papel.
Había seguido el trabajo de su padre a través de aquel constante murmullo. Había recorrido todos los caminos de las operaciones más complejas. No había encontrado ninguna razón para explicar este sentimiento que, al mismo tiempo, era un suplicio. Quizá le fascinaba el reto de un juego sin líneas definidas, sin aristas, sin final. Acaso pretendía llegar más lejos en la arquitectura de los símbolos, atrapar el infinito, lograr lo imposible, acercarse a Dios, al ser supremo, o simplemente a aquello que todavía no se conoce: la verdad absoluta. Ahora sospechaba que no existe la verdad… absoluta. Ni Dios. O tal vez sí.
Sara siempre había experimentado un encanto especial y misterioso hacia el concepto de infinito. Por de pronto, había comprobado en su propia piel la dificultad de definirlo filosóficamente, salvo concebirlo cómo algo sin fin ni límites, porque definir significaba fijar los límites, y el infinito, como ella sabía muy bien, no tenía límites. Tal vez era indefinido e indefinible. El infinito era, dicho de forma breve, una cantidad más grande que cualquier otra. De acuerdo. Pero todo se embarullaba cuando se descubría (como ella lo había experimentado) que había varios niveles de infinito y se podían hacer operaciones con ellos. Es decir, una cantidad infinita podía ser más grande que otra también infinita. Y las dos eran infinitas.
Todas estas y otras monsergas permitían a los cosmólogos especular sobre la existencia de infinitos universos, infinitos de los cuales eran exactamente iguales al único que se conocía, y donde vivían personas exactamente iguales que los humanos existentes aquí y ahora, que estaban haciendo las mismas cosas en el mismo momento. Esta hipótesis física, inaudita y aparentemente estrafalaria, había derivado hacia la teoría de los multiuniversos mosaicos infinitos, con universos diferentes y también paralelos.
Y sobre Dios, Sara se planteaba las mismas dudas que San Anselmo, el gran arzobispo de Canterbury cuando, allá a finales del siglo XI, se preguntaba muy sabiamente a santo de qué no podía ver a Dios, por qué no se hacía presente, por qué se alejaba de la luz, y condenaba a los humanos a las tinieblas. «¿Cuál es el misterio que me impide verte después de crearme, y me haces sufrir, dejándome huérfano de conocimientos y de sentido?» San Anselmo, en su libro titulado Proslogion, inventó el célebre argumento ontológico sobre la existencia de Dios, que tanto satisface todavía a muchos curas: el mero hecho que podamos pensar en la presencia del ser más grande imaginable, Dios, el eterno (no el infinito), nos lleva a la imposibilidad de negar su existencia real.
El padre de Sara quería encontrar a Dios, el infinito y la verdad absoluta mediante las matemáticas y la aritmética. Decía su madre que, cuando el padre era un niño de no más de doce años, ya tenía una rara habilidad con los números. Pretendía llegar más allá de la frontera que había establecido Alexander Craig Aitken, entonces un desconocido profesor de la Universidad de Edimburgo, de origen neozelandés. Seguía sus gestas mediante la correspondencia con un primo hermano mayor, Raymond, que había ido a la capital escocesa a estudiar no se sabe qué, para huir de su familia que lo quería convertir en fraile dominico. Sus cartas estaban llenas de fórmulas que solo ellos dos entendían. Y la madre del padre, la abuela de Sara, clamaba al cielo: «esto no puede acabar bien». Para ella, los números eran fuente de pecado.
De hecho, todo era pecado de pensamiento, palabra, obra u omisión. Lo proclamaba solemnemente el señor obispo en sus prédicas de Semana Santa. Y todo el mundo iba a confesar. Sara nunca había entendido esto de la omisión, pero, según la abuela (y también el obispo), todos los seres humanos estaban fatalmente condenados. «Escuchad con atención lo que os digo: Dios os castigará».
Raymond, dejó Escocia, alquiló una casa inmensa al lado del río Cam, en el sudeste de Inglaterra, en medio de prados y vacas que mugían, la llenó de libros y de paisajes de la escuela modernista catalana, Nonell, Casas, Rusiñol, y llegó a catedrático de aritmética de la Universidad de Cambridge, con un despacho forrado de madera noble junto al de Bertrand Russell. Un día, este primo hermano, Raymond, interrumpió premeditadamente la disertación de Aitken y le pidió el resultado con decimales de dividir 4 por 47. Al cabo de dos segundos, el profesor apuntó en la pizarra una primera cifra: 0,085. Murmullo general de admiración. Continuó como si nada hubiera ocurrido, y escribió un nuevo guarismo cada segundo: 10638297872340425531914. En total, 27 segundos. Se detuvo un minuto. Y siguió: 89. Cinco segundos más: 361702127659574468. En total, menos de dos minutos. Y entonces advirtió que, a partir del último 8, la serie se repetía y volvía a empezar en el 085.
El padre de Sara, de joven, hizo una operación parecida en poco más de un minuto y medio. Pero nadie lo supo. Se lo intentó explicar, ufano y satisfecho, a la chica con quien entonces cortejaba. Ella huyó, y no la vio nunca más.
La memoria de Aitken era tan prodigiosa que era capaz de recitar de una tirada los mil dígitos de pi o la Eneida entera. Excelente músico, buen escritor y notable atleta, fue la misma memoria la que le traicionó. Sara no había heredado aquella capacidad de cálculo, ni tampoco la obsesión por los números, ni las depresiones. O quizás sí, y entonces no lo sabía.
Las matemáticas le habían gustado de mayor. A pesar de todo, le gustaban aquellos números acompañados de un signo de admiración. Era como una pequeña fantasía en un mundo de reglas preestablecidas y exactas. Se quedaba boquiabierta ante, por ejemplo, el cuatro factorial (4!), cuando se desarrollaba en una sucesión de 4x3x2x1, es decir, veinticuatro. Pero este impreciso placer moría de repente bajo la repulsiva e insoportable mirada del monstruo con pajarita de lazo flaco y desmayado. «Vilanova, permanezca atenta a lo que yo diga». La sombra y la voz de aquel maestro siniestro le podían provocar vómitos. «Es que estoy pensando». «No piense, grábelo a la memoria». Con aquel (digámosle) profesor, aprendió a maldecir la ciencia, y no salió de aquel pozo hasta muchos años más tarde. Su primera vocación por la medicina quizá nació de un ansia irrefrenable de destripar aquel miserable.
Sara entendía, en el fondo, el atractivo que el cálculo factorial ejercía sobre su padre. Era aquella misma sensación que ella misma había sentido de adolescente. Pero no se explicaba por qué razón pretendía llegar, paso a paso, hasta las cifras más grandes y desarrollar, en un inmenso catálogo, los factoriales de todos los números. Cuando su padre entró en este laberinto sin salida, probablemente no conocía los confines de aquello que era imposible. Creía que terminaría pronto su proyecto. El cinco factorial era igual a 120. Muy bien. El siete factorial representaba una cifra (5.040) que Platón consideraba como la de la población ideal, porque admitía cincuenta y nueve divisiones. Pronto observó que los números se disparaban. Catorce, por ejemplo, no era más que el doble de siete y, en cambio, su factorial poseía once cifras: 87.178.291.200. Y el factorial de veinte era 2.432.902.008.176.640.000. El factorial de 105 tenía 169 cifras; el de 508, 1.156 cifras.
Empezaba cada cáculo desde el principio. Quería comprobar si se había equivocado en alguna operación. El factorial de 2.206 comprendía 6.421 cifras. Sabía que, ya hacía casi dos siglos, un matemático escocés de apellido Stirling había diseñado una fórmula que permitía obtener el factorial de los números más grandes sin recorrer la inmensa letanía de guarismos farragosos. Incluso, lo había aplicado alguna vez: n!= Nn x E-n x V2 (…). Pero solamente daba un valor aproximado. Y él quería el valor absoluto. La verdad absoluta. Además, gozaba de una felicidad indescriptible cuando jugaba con aquellas colosales cadenas de números. Se detuvo. A partir de entonces, inició la exploración de un nuevo tipo de problema. Había leído, no se sabe cuándo ni en qué periódico, que alguna gente, tan disparatada y extravagante como él, se dedicaba a calcular los números primos más largos. Los números primos son aquellos que sólo se pueden dividir por ellos mismos y por la unidad. Para complicar algo más el embrollo, no se producen con una frecuencia regular y no existe ninguna fórmula para generarlos.
La nota decía que otro escocés de apellido bastante inmanejable había descubierto un número primo de casi 90.000 dígitos. Era la obra de toda una vida. Había dejado este hallazgo como herencia para su nieto, porque su mujer había muerto, mucho antes, de aburrimiento y también de asco. Fue tan grande el vacío informativo alrededor de aquel descubrimiento, que años más tarde los diarios dieron por buena la noticia de que un fabricante de ordenadores californiano había encontrado un número primo de 65.087 dígitos, el más grande, decían, hasta entonces, obviando el trabajo épico del escocés de las narices. Los periodistas siempre están en Babia.
Las rutinas matemáticas que habían llevado a aquel número, según explicaba el texto, tenían un uso práctico: servían para medir las turbulencias del aire de los motores de los aviones, las vibraciones de los motores de los automóviles y la potencia de luz de las estrellas más alejadas. El nieto del escocés resultó ser más estúpido de lo que, en un primer momento, pareció. No sabía qué pensar ni qué decir. El padre de su padre, el abuelo de Sara, les legó algo de dinero en una libreta de la caja de ahorros de la esquina, que permitía una supervivencia estrangulada. Pero el padre era pobre de solemnidad.
Había algo inquietante alrededor de aquella penumbra y de aquel silencio. Siempre, no sabía exactamente por qué, Sara había imaginado que su padre, de vez en cuando, salía de aquella especie de caverna tapizada de antiguallas estériles para ir hacia un destino misterioso. Sospechaba que lo hacía entrada la noche, entre las diez y las once, sin hacer ruido, intentando pasar inadvertido como un fantasma. Y no volvía hasta las dos, muy pasadas, de la madrugada. Comentó sus dudas a su madre, pero ella dijo que no. La madre pensaba que el padre estaba demasiado débil para moverse más allá del lavabo, al final del pasillo a mano izquierda.
Más tarde, descubrió que su madre no podía saberlo, porque, de ocho a nueve, asistía a la misa que el padre Bertomeu oficiaba, a paso de tortuga, rumiando lentamente las palabras, en la basílica de los santos Just y Pastor. “Heeer-maaanoosss, iii-roooos eennn paaazzz”. Y la madre salía corriendo, sin prestar atención al susurrado «buuueeenas nooocheees». Cenaba una tortilla de un huevo, sin pan. Bebía un vaso de leche.
Una vigilia de fin de año, Sara vio la sombra de su padre recorriendo, como un alma en pena, la calle Lladó. Era una noche negra y neblinosa, y las farolas, conmovidas por aquel funeral meteorológico, permanecían medio apagadas. Se mantuvo quieta, parada, bastante tiempo, como si fuera una estatua de piedra, preguntándose si era él. Un año más tarde, en uno de los momentos más intensos del sueño de medianoche, sintió, o quizás intuyó, cómo se abría el portal de la casa, percibió el rumor de unos pasos vacilantes que se detenían ante su habitación y que alguien entreabría la puerta con mucho cuidado. Captó el aliento de quien escrutaba la oscuridad, presintió como ajustaba el pomo, como continuaba su trayecto hasta el despacho, y como, después de un “crec” insonoro, retornaba la calma más absoluta. Su corazón latió con tanta fuerza que casi perdió la respiración.
Una nochevieja, el padre decidió continuar su trabajo hasta el final. Asomó la cabeza por la puerta. Apareció como un cadáver viviente: los cabellos, como siempre, grasientos y aciguatados, casi de color de azufre, los ojos vidriosos, hundidos y negros como una cloaca, la boca seca, la lengua deshidratada y los labios marc...

Mapa de las regiones de Francia
A continuación, se presenta una tabla con algunas abreviaturas comunes encontradas en directorios y enciclopedias, que pueden ser útiles al buscar información sobre organizaciones en Narbona:
| Abreviatura | Significado |
|---|---|
| Adj. | Adjetivo |
| Adv. | Adverbio |
| Ant. | Anticuado |
| Arqueol. | Arqueología |
| Bot. | Botánica |
| Der. | Derecho |
| Etim. | Etimología |
| Geog. | Geografía |
| Hist. | Historia |
| Lit. | Literatura |
| Med. | Medicina |
| Num. | Número |
| Obs. | Observación |
| p. ej. | Por ejemplo |
Esta tabla puede ayudar a descifrar las abreviaturas utilizadas en las páginas amarillas y otros directorios al buscar organizaciones en Narbona.
LAS NORMAS DE CONVIVENCIA | Videos Educativos para Niños
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