Hace setenta y cinco años, Europa comenzó a vislumbrar el ocaso del nazismo gracias a la apertura del prometido segundo frente. El desembarco de Normandía marcó un antes y un después, simbolizado por la liberación de París el 25 de agosto. Sin embargo, una guerra nunca es un camino de rosas, y las espinas permanecen pese a la importancia de tantos triunfos.
El rostro oculto de la invasión francesa se asemeja a lo que se vivió en España, donde Guernica, Barcelona y Madrid sufrieron bombardeos contra la población civil como estrategia para diezmar objetivos industriales, desmoralizar al enemigo y facilitar el avance de la infantería.
Día D: El DESEMBARCO de NORMANDÍA | Inicio del Ocaso Alemán | Documental 4K
Durante muchos decenios, la culpa de estas operaciones recayó en la Luftwaffe, algo matizable desde el análisis del efecto demoledor de las incursiones británicas en cielo germánico para arrasar ciudades como Hamburgo, Colonia, Berlín o Dresde. El análisis sobre la devastación ejecutada por la RAF remarca con pavorosa precisión la crueldad manifiesta e indiscriminada de esas acciones, en más de una ocasión absolutamente innecesarias para definir el curso de los acontecimientos.
Durante el desembarco de Normandía, dos urbes quedaron como paradigma de la irracionalidad: Caen y Le Havre, que debieron refundarse como consecuencia de tácticas carentes de cualquier consideración con la ciudadanía.
Caen: El Infierno en la Puerta del Paraíso
Caen, con menos fortuna literaria que Rouen, ha sido durante siglos la capital de Normandía. Hoy en día, aún puede apreciarse su legado medieval y cierta impronta moderna entre su magnífica universidad y la aceptación de su inevitable pequeñez. Los aliados habían previsto tomarla el mismo día D tanto por su cercanía con las costas como por su valor de encrucijada para proseguir la ofensiva hacia París.
En Caen intervenían muchos factores, entre ellos una lucha de poder tripartita: las tropas anglosajonas enfrentadas a los líderes de la Francia Libre y el gobierno de Vichy, responsable de la municipalidad hasta el 20 de julio de 1944. A este contexto debe unirse el debate entre la comandancia aliada sobre el tipo de bombardeo a consumar.
Por una parte, cabía la opción selectiva, consistente en centrar los raids hacia elementos estratégicos; la otra estribaba en lluvias totales e intensivas de obuses, como a la postre acaeció, con el resultado de seiscientas mil bombas sobre Caen y la pérdida de tres mil de sus habitantes, el 3,5% de su grueso demográfico. Si se pretendía allanar el tormento sólo se logró llenarlo de escombros y complicar la travesía hasta límites insospechados desde una torpeza criminal.
Caen tras los bombardeos de 1944
Le Havre: La Tabula Rasa
En julio, una vez la fisionomía de la batalla viraba y la debacle nazi era patente en casi todos los frentes, Eisenhower, Churchill y Montgomery retomaron sus conversaciones sobre el rumbo a seguir para consolidar la victoria. Como contrapartida le concedió continuar en el mando del 21er grupo del ejército británico, cuya principal misión era cortar la cuenca del Ruhr del resto de Alemania, pero a finales de agosto la ausencia de repostaje en carburante y municiones empezó a ralentizar el avance aliado, y así fue como se hizo sentir la urgencia de un puerto en aguas profundas.
La imposibilidad de Amberes hizo decantar la balanza hacia Le Havre, con la premura por aprovechar los pocos días favorables para desarrollar operaciones dadas las precarias condiciones climatológicas de la región. Ello no fue impedimento para ir a por todas sin ambages desde un primer instante por razones de carácter sentimental.
En 1940 la 51 división perdió la mayoría de sus hombres en Saint Valery en Caux, a sesenta y cinco quilómetros del puerto de Le Havre. Para vengar la humillación de cuatro años atrás los Highlanders actuaron con presteza y liberaron la población el 2 de septiembre. Al día siguiente se desarrollaron sondeos, demostrándose harto complicada la toma de Le Havre a causa de sus fortificaciones defensivas. Aun así, la 51 división tomó posiciones en el sector norte y se habilitaron los preparativos para iniciar el asalto.
En ese momento la ciudad tenía cortadas sus comunicaciones con el exterior, haciendo inútil el bando de evacuación total, más difícil si cabe por el duelo de artillería establecido el mediodía del 5 de septiembre entre les baterías alemanas y los cañones ingleses. A pocas horas del instante decisivo más de cuarenta mil ciudadanos se encontraban bloqueados, sin escapatoria, sobre todo ante la cerrazón nazi a claudicar y entablar negociaciones para la rendición.
El Bombardeo de Le Havre
Fue entonces, poco antes de las seis de la tarde, cuando se desató el más terrible bombardeo de esa fase de la Segunda Guerra Mundial. Efectuado por la RAF significó, según el informe de su máximo responsable, el mariscal del aire Sir Trafford Leigh-Mallory, un ejemplo supremo de reducción de plazas fuertes a partir de acciones aéreas. En dos horas quinientos bombarderos lanzaron cinco mil toneladas de explosivos y doscientas mil bombas de fósforo.
Diez mil inmuebles fueron reducidos a la nada, fenecieron dos mil personas y más de ochenta mil se vieron afectadas por la destrucción del 82% de la urbe. La liberación del 11 de septiembre tuvo todas las componendas de un funeral. Las plazas devinieron cementerios. El puerto era una realidad envuelta entre fuego, polvo y cadáveres despedazados entre las ruinas. La fiesta había mutado en duelo.
Le Havre después de los bombardeos
El Controvertido Patrimonio de Auguste Perret
Rehacer el legado de la ciudad creada por Francisco I en 1517 era una utopía. Le Havre en el siglo XXI es un espacio prodigioso con muchos apuntes presentes hacia el porvenir, como la sostenibilidad de grandes zonas verdes aprovechadas por sus residentes, el uso del tranvía en un gran tramo urbano y una atmósfera enrarecida por la quietud. Al adentrarnos en su núcleo contemporáneo no salimos de nuestro asombro por una uniformidad pertrechada por Auguste Perret (Ixelles, Bélgica, 1874- París, Francia, 1954), para quien la monocromía arquitectónica era preferible al desorden.
Al tener carta blanca del Ministerio de Reconstrucción movió todas sus fichas para enhebrar una obra para el mañana, y por ello repleta de polémica en el momento de su elaboración. Como era quimérico rehacer el pasado aniquilado debía formular una expresión del presente, y eso implicaba todos los elementos entre estructuras, entramados, ventanas, cornisas, balcones, aceras, parques y plazas.
Aplicada esta doctrina a escala urbana se respetó el plano antiguo de Le Havre y se dispuso un proyecto calculado al milímetro desde una rigidez experimental untada en hormigón hasta en la Iglesia de San José, una maravilla por su verticalidad y su nave, casi un sueño de ciencia ficción alimentada por teselas policromas en pos de abrazar la totalidad vanguardista.
La excepción a una norma tan estricta, brutal en la rectitud de las calles y la continuidad de los bloques, estribó en adaptar la malla ortogonal sugerida sobre el viejo trazado de la ciudad para preservar su identidad, mermada hasta los topes salvo por viviendas, templos y otras piezas orientativas de una invisibilidad permanente pese al mantenimiento de la cuadrícula.
Vista de la ciudad reconstruida de Le Havre
Hoy en día el invento de Perret, genial pese a su alud de detractores, es de los pocos patrimonios mundiales de la UNESCO en Europa. Al abandonarlo brota un respiro hacia otro horizonte, avistado en la playa mediante un monumento de Sabina Lang y Daniel Baumann fundido con la luz del crepúsculo, anaranjada y conchabada con el mar.
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