La historia de la música y el entretenimiento en Mataró tiene un nombre propio que resuena en la memoria de muchos: Discoteca Los Lunares. Este emblemático local no solo fue un punto de encuentro para los amantes del baile y la diversión, sino también un espacio que capturó el espíritu de una época.
Para entender la relevancia de Los Lunares, es necesario sumergirse en el contexto cultural y social de Mataró en aquellos años. La discoteca se convirtió en un símbolo de libertad y expresión, un lugar donde las personas podían escapar de la rutina y disfrutar de la música y la compañía de amigos.
Aunque los detalles específicos sobre la fundación y los eventos más destacados de Los Lunares pueden estar dispersos en la memoria colectiva, su impacto en la vida nocturna de Mataró es innegable. La discoteca fue un escenario de momentos inolvidables, de encuentros y de celebraciones que marcaron a toda una generación.
Imagina un lugar donde la música llenaba el aire, donde las luces de colores creaban una atmósfera mágica y donde la gente se reunía para bailar y disfrutar de la vida. Ese era el espíritu de Los Lunares, un lugar que dejó una huella imborrable en la historia de Mataró.
La memoria de Los Lunares sigue viva en las anécdotas y los recuerdos de quienes la vivieron. Cada historia, cada canción y cada sonrisa compartida en ese lugar contribuyen a mantener viva la llama de su legado.
Vista del puerto de Mataró
Un Recuerdo Personal
Un día, me enviaron a cubrir un incendio. Llegué allí y resultó que no había tal incendio. Era una falsa alarma. No había noticia. Pero me fijé en una conversación de un par de vecinos. Uno estaba en una ventana y otro en otra. Y se explicaban lo sucedido y comentaban el jaleo montado. Tome unas notas y me fui a la redacción. Allí mi jefe ya había asumido que no había noticia. Pero yo le dije que esperara. Que podía montar una historia con aquello conversación. “Vale”, me dijo. “Pero rápido”. Quería leerla para saber si merecía la pena. Fue mi primera crónica en The New York Times.
El Legado de Los Lunares en la Cultura Local
La influencia de Los Lunares trascendió las paredes de la discoteca. Su espíritu se extendió por las calles de Mataró, inspirando a artistas, músicos y creativos de todo tipo. La discoteca se convirtió en un catalizador de la cultura local, un lugar donde las ideas florecían y donde la música se convertía en un lenguaje universal.
En una sala enorme un señor sin nombre realiza ejercicios de estiramientos con los dedos antes de enfrentarse a una Hispano-Olivetti. Un sofá agoniza entre estampados estilo Mataró, una foto en blanco y ocre de una señora anciana de inicios de siglo XX preside virilmente con un bigotín de entreguerras lo que antes era su casa. El dueño actual decidió dejarla para evocar hastío y no recibir visitas a medianoche.
El ruido de las teclas se acompasa, en estreno y primicia vecinal de ópera prima orquestal, con el formidable furor del papel carbón y cambio del rollo de cinta. Las manos tizón de tinta manchan el borrador de la primera versión escrita con la pluma afanada al padre en un descuido notarial en plena Zona Franca. Cientos de papeles por el suelo, los folios destinados a la dedicatoria y agradecimientos en el cuarto de baño.
El señor sin nombre a cuatro patas buscando títulos.- Pase, está siempre abierta.- Buenos días, soy Carmelo el Censor.- Diga,¿ Qué desea?.- Censurarle.- ¿Y eso? ¿Por lo de la puerta?.-No, nada de eso, por su novela, novedosa, estúpida y confusa, cambie el título y listo.-Gracias Carmelo por su gentil censura.
El señor sin nombre se sienta delante de la máquina de escribir y teclea a golpe limpio, “La verdad sobre lo que quiso escribir Eduardo Mendoza”. “Yo siempre leo y releo la Biblia, no soy creyente pero me parece un libro extraordinario, de una riqueza y de un fondo inagotable. Corazón de Jesús.
Interior de una discoteca antigua
Hoy en día, aunque Los Lunares ya no exista como tal, su espíritu perdura en la memoria de Mataró. La discoteca sigue siendo un símbolo de una época dorada, un recordatorio de la importancia de la música y la diversión en la vida de las personas.
La historia de Discoteca Los Lunares es un testimonio del poder de la música para unir a las personas y crear recuerdos inolvidables. Su legado continúa inspirando a nuevas generaciones de músicos y artistas en Mataró, manteniendo viva la llama de la creatividad y la pasión por la música.
That place, by the thing with the cool name…ese lugar, esa inspiración musical con nombre cool…ese Mississippi extremeño que se convierte en un lugar perfecto para descubrir que hay gente sin carnet de conducir con mucha clase.
“…Siempre digo que mi trabajo con la música es el equivalente en el mundo del cine de guionista, director y actor…y también y si me dejan…el encargado de elegir el casting… [Ríe]…sólo tengo que buscar un productor ejecutivo.
Han pasado años desde que una jovencita se presentara al casting de “Tienes talento”, uno de los primeros programas descubre- talentos que tanto furor han generado. Allí se encontraba ella, al margen de los que según sus padres, tutores y managers tenían un don. Un niño que embelesaba a toda una residencia de ancianos en La Vera con su gracia tipo Marcelino pan y vino, un humorista capaz de hacer llorar más que reír y un bailarín ninja con muchos campeonatos a sus espaldas.
Han pasado años de ese encuentro, donde la única persona que deslumbró verdaderamente fue la joven cantaora Esther Merino. Se respira tranquilidad en los instantes previos a la obra de Teresa o el sol por dentro que Rafael Álvarez “El Brujo” interpretará en lo que otra época fue el huerto del Convento de San Benito.
Alcántara es una localidad que ya posee versos del maestro entre sus muros, un pueblo que acoge al dramaturgo como un paisano más, le da cobijo y lo fija con pegamento en la maqueta imaginaria donde emergen en alzados majestuosos las dos bestias arquitectónicas, el puente romano y la presa. La otra bestia, el animal del teatro, El Brujo, nos concede una entrevista, nos cede el único hueco del que dispone, llega con muy poco tiempo para actuar, llega con ropa cómoda, de lino blanco, como un yogui made in Spain, con su anahata chakra en forma de teatro, una cajita de polvo de maquillaje, un cepillo, un peine y una foto de dos de sus hijos, los más pequeños, los que le exigen verbena a cada instante.
Extremadura le ofrece un terreno donde descansar, una cercanía que le permite meditar, escribir para no fregar muchos platos, un lugar donde hacer reír como propósito, un sitio escondido lleno de magia para sus textos y sus interpretaciones llenas de soledad y rebosantes de personajes que pululan por las esquinas del escenario.
Una foto, la última, tras la parsimoniosa e hipnótica voz del artista, una foto con el cúbito y el radio como trípode natural, una foto de uno que fue cómico a otro que lo sigue siendo.
Zapatillas de esas de suela con forma de mecedora, con chaqueta de combate, de muchos combates en escenarios de medio mundo, camisa violeta de lunares blancos, fular al cogote y parsimonia bohemia, muchos anillos con figuras de todo tipo que se atusa mientras habla, una especie de rosario de bolas de madera apretado bien fuerte a la muñeca, ojos claros, casi grises, con mirada eterna y parpadeos con ritmo de jazz, con el pelo sujeto a una trenza con aires de Lucia, con nostalgia flamenca.
Fuera llueve, hace frío, y sólo dentro del teatro, donde chispean stardust y nostálgicos acordes se puede pasar la noche algo más caliente, sin la ayuda de un brasero, la flauta y el saxo obrarán la magia de encender el alma del jazz y hacer picón con flamenco. Jorge Pardo acaricia el saxo y viste de gala la travesera.
Los organizadores del Festival, Javier y Pablo, llevan por dentro su jam session particular, porque saben que el músico tocará igual que hace unos días en París, en Nueva York o Lisboa. El camerino se cierra para nosotros, los instrumentos del maestro tienen que descansar.
Una larga cola espera entre las casetas de libros y el pegajoso calor de primavera. Un chico de catorce años sujeta casi en suspensión “Mi color favorito es verte” entre sus dedos para no dejar huella en la portada. Un ciego sí deja que una cría de dos años deje huella en su perro guía, su macilento color es atusado con dulzura por las pequeñas palmas de sus manos, un braille con forma de animal.
Una señora alcanza a la autora, nerviosa le da a firmar la novela de otro autor y enmienda el error con un daltonismo amoroso que hace sonreír a la siempre amable y elegante autora. Sólo queda un señor para la firma de su novela, un señor alto, rubio, periodista y con acento francés, un señor que lleva tres días esperando para hacer daño al corazón de Pilar Eyre y con el título de su novela escrito en una servilleta de papel, un señor capaz de sacar el lado más salvaje y visceral de la periodista a escasos minutos de su conferencia en la feria del libro.
Cuando levanta la cabeza para recibir el libro y sellarlo con su dedicatoria, el personaje ha desaparecido.
Capítulo uno. Él adoraba la Badajoz. La idolatraba de un modo desproporcionado. No, no mejor así…él la sentimentalizaba desmesuradamente…eso es…para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro…que latía a los acordes de las melodías del Porrina.
Capítulo uno. Él sentía demasiado románticamente el Casco Antiguo…vibraba con la agitación de las multitudes y del tráfico. Capítulo uno. Él adoraba la ciudad de Badajoz. Para él, era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. Capítulo uno. Adoraba Badajoz… aunque para él, era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea.
Joaquín Sabina y Javier Krahe estuvieron hace años en la Pousada de Évora con un único objetivo: escribir una novela policiaca que les convirtiera en millonarios. Estuvieron tres días y soló pasaron de la primera frase.
Su viaje de vuelta, entre la humareda de cigarrillos y café portugués, se deshacía cruzando la frontera con Badajoz, ese sitio donde cada vez que viene uno de los cantantes se cuelga el cartel de No hay billetes, consuélese con escuchar las satíricas canciones susurradas por Krahe de su cinta de cassette. Y en Badajoz, con su sobrina de fiel escudera, más concretamente en el CoC nos recibe el cantante.
Medio abatido, como herido de guerra por la metralla del postureo político, apoyado a la romana tras una suculenta ingesta de letras juglarescas con sabor a salbutamol y con pocas ganas de exhalar aire para responder asmáticas preguntas sobre su vida. Una vida marcada por su años canadienses, por las figura de Brassens, Leonard Cohen, La Mandrágora , su remake de Cuervo Ingenuo, su Café Central, por la métrica de las olas gaditanas y sus ganas de no aburrir al público con el poder la gramática.
Andrés Salado, en cambio ha comenzado con sus 31 años, su Extremadura Follies, una historia que aún no podemos transcribir bajo ningún parámetro de nuestro imaginario. De familia de músicos y creadores, Salado utiliza un lenguaje cercano, refleja una actitud alegre y potente, un porte de esta década para una de las profesiones más complejas desde hace siglos.
Lo que te hace grande no consiste en subir un puerto sin agonía en el Tour de Francia, emulando sin una bicicleta entre las nalgas, lo duro que supone gemir al respirar. Lo que te hace grande no es esperar en plena flama de verano que los pirómanos vomiten fósforos y de su fuego salgan mapas ennegrecidos, mapas con olor a chamusquina esperando un pequeño desastre animal.
Lo que te hace grande, no es para nada, hacerte un héroe de otoño en pleno rastro, ni mucho menos, amotinarte en un cuartel de invierno disfrazado de soldado en chanclas y con pistola de agua.
Dosis de autocrítica para analizar lo que te hace grande; 1º No afanar besos en cenas ajenas, 2º Tararear canciones con esa maldita dulzura que caracteriza a Pucho en salas de espera, 3º Sentirse hombre de hojalata cada vez que pises baldosas amarillas.
Para todo lo anterior se necesita ser valiente, forrarse de kilómetros en furgoneta e incendiar tablas de surf con restos de la marea. Desquiciarse, durante ese viaje, con las sonatas fantasmas de la radio del coche no te hacen grande, te convierten en el hombre de saco del distrito, el encargado de gritar ¡Alto! en la aduana que separa la nevera de la cocina con la tienda de discos de la calle Preciados, el encargado de despedazar la cuadratura del círculo y quedar sin vino tinto a todo Copenhague.
Lo que te hace grande nace de los días raros, de aquello que surge de la boca de la tierra, del lodo de mugre que nos roza cada día, y que provoca que andemos a la deriva.
Llueven barreños de agua tirados con mala leche desde las nubes negras que cubren por completo todo el distrito pacense. Saludamos a una de las piezas claves del teatro español actual, Ramón Fontseré. Le desgajamos de su sombrero otoñal y le birlamos una mañana de esas de estar con un libro y un buen priorato en un cómodo sillón con vistas egregias desde su masía. A cambio le proponemos una entrevista con unas buenas fotos en el ambigú del Teatro López de Ayala con vistas a impertinentes preguntas.
Els Joglars asume otro riesgo. Siempre lo hacen. Este grupo español de teatro hecho por catalanes sube el telón con VIP, una obra rebosante de actualidad educacional. La grabadora recoge el sonido de la lluvia, el pasodoble que ensaya la Banda Municipal y los ecos en clave teledeum de Boadella.
“El teatro, para que llegue, hay que aumentar el volumen.
Villanovense, sacerdote, juez, conferenciante, apasionado de la letra minúscula de la historia, de la historia que se esconde entre legajos de bibliotecas perdidas, de la historia que destila el ocre de los documentos que investiga, amante de Extremadura, de vocación misionera, una aventura que no pudo realizar pero que suple a través de sus novelas, que cimenta a través de su pasión por soplar los relatos de la gente anónima, de bucear en la vida de la pacense Lady Smith o uno de esos locos que quisieron desafiar el fin de la tierra y embarcarse en los viajes del descubrimiento de América como el paisano Diego de la Jara.
20 años. Natural de Herrera del Duque. Estudiante de Educación Infantil. De rasgos moros con unos ojos repletos de sueños y soleás. De formas sureñas, con un deje extremeño y con un ritmo incesante capaz de llenar la conversación con palabras en almíbar . Amante de la buena música y poseedora de un oído excelente. Con un disco en el mercado y otro en la tahona del estudio, a punto de cocer. Sencilla, alegre y algo tímida.
La hija del Félix el del agua (trabaja en Aqualia), hija de una guitarra y un tango extremeño, ganadora de la Lámpara Minera con 16 años. La representante del flamenco extremeño femenino en Nimes. La chica que le puso cante jondo al himno de la región. La mujer que hará enmudecer la frontera con su sedoso cante en el femenino Badasom 2015, y que compartirá escenario con Dulce Pontes, un flamenco con aroma de contrabando muy cercano al fandango de Pepe Marchena; - Eres bonita y eres serrana, por eso yo tanto te quiero; tú pa mí eres un lucero, que sale por la mañana; y eres la flor del romero.
En Bilbao un enorme ático se consume tras cien años de reinado de los Marías. La bombilla exhala su último rayo de luz, el secreter se amotina tras el último servicio ofrecido entre marcas de abrecartas y frases de novelas. La llave gira al lado contrario, para cerrar la mística del 12 de diciembre del 1912, a las 12 horas, para fechar el vínculo, aquel guión generacional que su abuela se cercioró de generar al abrir la puerta de una historia familiar.
Marino mercante, con tormentas diurnas en alta mar, con viajes mágicos al Pagasarri, con ese señor que era su padre, su adversario, su enemigo dinástico, su escorbuto de mar adentro, esa persona que miraba sin ver en sus últimas y agónicas horas de vida.
Fernando Marias, desafiando al cine en el gris Bilbao de los 70 y 80, siendo uno más de los vaqueros de Peckinpah, un salvaje mimado, un hijo que ordenó que se fuera de la casa a su madre, nada más llegar su padre de dos años de travesía marítima, cumplió su promesa de rescatar el miedo mutuo y perderlo entre la nostalgia de La isla del padre.