Me sorprendió verlo expuesto en el Museo Nacional de Antropología. El esqueleto de Agustín Luengo Capilla lucía ahí, entre el mito y la antropología. ¿Era real? Sus proporciones apuntaban a que no, pero el cartelito decía lo contrario con letras mayúsculas: "GIGANTE EXTREMEÑO, según el Dr. González de Velasco que le preparó”. La talla del gigante Agustín ―según la nota, de dos metros y veinticinco centímetros―, su salud precaria, su muerte y la exposición de su esqueleto, han provocado aluviones de historias.
Su altura, atípica incluso para el siglo XXI ―que es de 1,76―, hizo de su vida un calvario de dolores. ¿Dónde nació y qué fue de su existencia? La búsqueda nos lleva hasta la Siberia Extremeña, comarca cuyo nombre tiene también resonancias en el ámbito de lo legendario. Eso sí, en lugar de nieves perpetuas, hay una dehesa interminable, monte bajo de encinas y jaras. Agustín nació aquí, en Puebla de Alcocer, pueblo que remonta la falda sur de la Sierra de los Lares, el 15 de agosto de 1849.
Sus calles empinadas obligan a detenerse, entre el resuello y el asombro, a cada poco metros. Lo que se sabe a ciencia cierta de la vida del gigante extremeño cabría en un puñado de líneas: que nació en una familia muy pobre de artesanos, que sus progenitores fueron Crisanto y Josefa, que fue el mayor de seis hermanos. El resto, según argumenta el antropólogo de la Universidad Complutense de Madrid, Luis Ángel Sánchez Gómez, es leyenda.
Sus padres no tenían nada de extraordinario en su anatomía. Tampoco sus hermanos, excepto una niña que nació con las extremidades alargadas pero que se desarrolló luego con normalidad. Entre las leyendas, mi favorita: al ser la casa de su familia humilde y de reducidas dimensiones, se vieron obligados a practicar agujeros en las paredes para instalar su cama sobre tablas.
El desmesurado crecimiento comenzó a hacerse notar a partir de los catorce años: se llama acromegalia. Una anomalía en la producción de la hormona de crecimiento que lleva a quienes la padecen al terreno de la antropología del asombro. A los diecisiete tenía ya "la corpulencia de cualquier hombre", tal como detalló el doctor Pedro González Velasco, el responsable del esqueleto, que lo hizo llevar como objeto a la Exposición Universal de París de 1878 junto al busto de “una enana madrileña” (den descripción del propio doctor, que eran otros tiempos y otra ciencia).
Para Agustín pronto empezaron los dolores de cabeza y la pérdida progresiva de la vista. Poco jugó, imagino, por estas calles empinadas por las que “el pueblo se arracima”, como describió el escritor Gabi Martínez en este artículo. Tal vez miraba desde su ventana la silueta del castillo que domina el pueblo: dos seres épicos mirándose tú a tú. El Castillo de Puebla de Alcocer fue el horizonte de la infancia del gigante extremeño, la postal que veía mientras su cuerpo se revelaba contra sí mismo. La fortaleza del siglo XII, de origen musulmán y reconstruida en el XV, posee una torre del homenaje y una muralla con adarve desde la que poder ver este mundo de la Siberia: a los pies, el pueblo vecino, el embalse de La Serena, que brilla como un espejo; y el de Orellana, que chispea a lo lejos.
El viento es incesante. Las aves rapaces sobrevuelan el territorio en círculos. El cielo es tan grande que aplasta el horizonte. El paisaje de penillanura con sus ondulaciones tiene algo de surrealista. A uno le entran ganas de gritar aquello de Carmen Chacón Villarejo, la poeta de Puebla que cantó a la vecina Virgen de la Cueva, en Esparragosa de Lares: “Que llueva, que llueva/la Virgen de la Cueva/los pajaritos cantan/las nubes se levantan”.
La leyenda de Agustín cuenta que lo vendieron a un circo a cambio de pan, arroz, miel, aguardiente, jamón y un daguerrotipo. Dicen que se dedicó a exhibir sus manos en barracas de feria, que eran capaces de ocultar un pan de kilo. Que bebía y despilfarraba. Que Alfonso XII le regaló un par de botas número 52… La verdad es otra, más simple: llegó a Madrid el 28 de agosto de 1875 buscando remedio para su sufrimiento, tras pasar una temporada en el antiguo Balneario de Hervideros de Fuensanta, en Pozuelo de Calatrava (Ciudad Real).
Bajando del castillo, se pasa por calles que seguro que Agustín recorrió siendo niño, antes de que la enfermedad lo convirtiera en aquel espectáculo involuntario que fue. El casco urbano conserva la arquitectura propia de un señorío que resiste el paso del tiempo: el Palacio de los Duques de Osuna, la Casa de la Inquisición, la Casa de los Arévalo, y la de los Chacones, todas con muros blanqueados y esquinas de granito. Destaca la blanca Iglesia de Santiago Apóstol, de estilo románico-mudéjar. ¿Fue bautizado en ella Agustín?
Aquel niño nacido en el verano de 1849 alcanzó los 2,30 metros de altura. El 3 de octubre de 1875 fue presentado al rey Alfonso XII, a quien parece ser le fascinaban ese tipo de rarezas humanas, y, según la leyenda, éste le regaló un par de botas número 52. Pero en Madrid no encontró curación ni alivio ni dinero ni nada. Los dolores intensos en las articulaciones y el abdomen lo obligaron a permanecer en cama desde el 18 de octubre. El doctor Pedro González Velasco lo visitó, tomó nota de su estado, del alargamiento de los huesos de su cara y extremidades, de su extrema delgadez. No pudo hacer nada más por salvarlo.
El 10 de diciembre, La Correspondencia de España publicó: "El Jigante (sic) extremeño, que llegó a Madrid hace algún tiempo, se encuentra enfermo de gravedad y sin recursos en la calle de Toledo, posada de Cádiz. Le recomendamos a las personas de corazón piadoso". Murió veinte días después, el 31 de diciembre de 1875, a los 26 años. No por tuberculosis osteoarticular como siempre se ha dicho, sino, como apuntaba la misma autopsia del doctor Velasco, por un debilitamiento general del organismo debido a las carencias de toda una vida de pobreza y sufrimientos.
Entro al Museo del Gigante Extremeño, inaugurado en 2015 en el pueblo que lo vio nacer. Aquí la leyenda y la historia se confunden en una hagiografía del gigante extremeño con almohadilla de hashtag. No se sabe muy bien la razón de por qué su madre autorizó que el cadáver fuera trasladado al Museo Antropológico de Madrid, fundado por el Doctor Velasco. Probablemente porque carecía de recursos para darle un entierro digno. Tal vez porque solo una madre sabe lo extraordinariamente singular que es un hijo. La alternativa era una fosa común.
Tal como demuestra el estudioso Luis Ángel Sánchez Gómez no hubo compra del cadáver en vida. No hubo tres pesetas diarias. Ni juergas, ni circos, ni una vida bohemia. Hubo dolor, una madre desesperada y un doctor que vio en ese cuerpo extraordinario la pieza estrella de su museo. El cadáver se trasladó al nuevo museo de antropología al día siguiente de la muerte. Treinta días después exhibía ya su esqueleto y el vaciado en yeso. Siete meses más tarde, la figura formada con su piel, cubierta con los vestidos que ordinariamente usaba. Eso sí ocurrió. Todo legal, todo autorizado, según la ciencia de la época.
Quedará su memoria en Puebla de Alcocer, un paisaje extremeño donde lo real se confunde con la leyenda y el mito.
Vista de Puebla de Alcocer desde el castillo.
Cronología de la Vida de Agustín Luengo Capilla
| Fecha | Evento |
|---|---|
| 15 de agosto de 1849 | Nacimiento en Puebla de Alcocer, Siberia Extremeña |
| A partir de los 14 años | Comienzo del crecimiento desmesurado debido a la acromegalia |
| 28 de agosto de 1875 | Llegada a Madrid en busca de remedio para su sufrimiento |
| 3 de octubre de 1875 | Presentación al rey Alfonso XII |
| 31 de diciembre de 1875 | Fallecimiento en Madrid a los 26 años |
la historia de Agustin Luengo...El gigante Extremeño
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