Manuel Azaña en el Exilio: Cartas Inéditas desde Collonges-sous-Salève

En una casona llamada La Prasle, en Collonges-sous-Salève, Francia, Manuel Azaña, el que fuera Presidente de la República Española, vivía sus horas más amargas tras renunciar a la presidencia después de que Francia y el Reino Unido reconocieran a Franco. Desde allí, el 17 de mayo de 1939, Azaña toma su pluma y escribe a su traductor al francés, Jean Camp.


Manuel Azaña en 1932.

El hallazgo de las misivas

70 años después, otro hispanista, Gérard Malgat, halla la misiva en un sótano en el que la humedad había arrasado con parte de la biblioteca del traductor, fallecido en 1968. “Salvé lo que pude, pero no se sabe cuántos libros o documentos fueron destruidos”, se lamenta el investigador por teléfono. “La institución que debía hacerse cargo del legado no recogió el contenido y pasaron casi cuatro décadas de abandono hasta que su nieto me lo cedió”.

El manuscrito estaba junto a otras dos cartas entre las hojas en un ejemplar de la edición francesa de La velada en Benicarló, una especie de conversación interna de Azaña sobre su idea de España encarnada en varios personajes. Las tres misivas fueron donadas en enero pasado a la Biblioteca Manuel Azaña del Instituto Cervantes de Toulouse, que alberga 1.400 libros y documentos sobre el exilio, entre ellos 200 dedicados al último presidente de la II República, fallecido a pocos kilómetros de allí, en Montauban.

“Son los primeros manuscritos con los que cuenta la institución”, se entusiasma el bibliotecario, Javier Campillo, que lleva más de dos décadas atesorando la huella editorial del exilio español, cuyo centro es la capital occitana. “El director, Juan Pedro de Basterrechea, y yo las hemos recibido con mucho orgullo.

Dudas y reflexiones en el exilio

En esta carta inédita, el gran político e intelectual español, plantea a su también amigo, el hispanista Camp, dudas sobre la calidad de las Memorias políticas y de guerra y al tiempo le felicita por la versión francesa de La velada en Benicarló que acaba de examinar. La califica de “excelente, fidelísima” e insiste en que la obra sea publicada antes que las memorias, en contra de la opinión de André Malraux, el editor de Gallimard.

En ella, le agradece su interés por la situación de España, en plena guerra civil. Azaña agradece a su correspondiente el interés por la suerte de España, embarcada en la contienda tras la asonada militar: “Estimo en mucho sus palabras afectuosas para mi país, que padece una prueba tan terrible”, escribe.

El presidente se felicita del próximo estreno de La corona en Bruselas. “No sabía yo que mi comedia fuera a correr ahora, en su vestidura francesa, la aventura de la escena. Les deseo un éxito dichoso y les agradezco, a usted y a Cassou [Jean, también traductor], el interés que se han tomado por esta obra, traduciéndola primero excelentemente y después haciéndola representar”.

Después, tal y como recuerda el bibliotecario Campillo, Azaña, “el francófilo educado en la Sorbona, se muestra puntilloso” al censurar que sus traductores hubieran titulado la pieza en francés como Le pouvoir (El poder). “Es demasiado abstracto; no corresponde a la plasticidad poética de la obra.

Un Azaña en el exilio está pendiente de las traducciones de La velada en Benicarló y de Memorias políticas y de guerra y responde a su traductor sobre el primer libro: “Me parece muy acertada la indicación de usted: habrá que decirle al público qué es La Pobleta y dónde está Benicarló. Realmente, el situar mi diálogo en este lugar, no es arbitrariedad, ni pura invención. A medio camino de Barcelona a Valencia, mucha gente se detenía en el albergue de turismo instalado allí, a orilla del mar. Yo mismo, en mis viajes, he pasado allí algunas veces, y he tenido conversaciones importantes, aunque no las que se cuentan en el libro”.

Luego le indica su preferencia por publicar antes La velada que las memorias, pese a que el editor, André Malraux, cree que «las Memorias alcanzarán a un número de lectores mucho mayor, y beneficiarían comercialmente al otro libro. En tanto que, publicando antes el diálogo, que llegará a un menor número de gente, se produciría el fenómeno inverso», opinión que Azaña no comparte.

Jean Camp, también escritor y crítico literario, había conocido al dirigente republicano en Madrid en 1912, mientras daba clases en el colegio francés. “Se encontraron en el Ateneo, del que Azaña llegó a ser director”, dice el donante de las cartas, Gérard Malgat, estudioso de la vida del traductor y también de Max Aub, que fue quien en 1936 retoma la relación con él porque Camp, junto a Jean Cassou, adapta para la radio la obra de teatro La corona. “Entonces los autores deseaban que se emitiesen sus creaciones, dado que las ondas llegaban a donde no podían los libros”, asegura Malgat.

Dos años más tarde, Azaña y Camp se encuentran en París. “Ya no quiere saber nada de la política”, dice el hispanista, “y desea ver su obra editada en Francia”. El traductor fue clave hasta los últimos días del expresidente. “Camp ayudó a liberar a su médico personal, el doctor Felipe Gómez-Pallete, del campo de concentración donde se hallaba para que pudiera ir a Montauban a atenderle”, relata Malgat.

Dos semanas antes de su muerte, en octubre de 1940, Azaña le llamó para entregarle una novela casi terminada, Fresdeval. “Pasó tres días allí que nunca olvidó”, dice, “con su amigo en tan mal estado. Pallete dormía en el pasillo, siempre atento al cuidado del paciente”.

Grabaciones de Azaña. 'Azaña. Intelectual y estadista'

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